|
Donde muere el agua
nacen las nubes
y se duermen las las velas
la tarde se enternece
al ritmo de las esquinas.
Las aguas nacidas del aire
caen grises por las canaleras
resbalando por los lomos
mojados de las casas.
Ladrillos brillantes lloran el otoño
rezumando en las grietas
trozos heridos de tristeza.
Las goteras zapatean su claqué
en las buhardillas, cálidas
y de puntillas humean las gachas
recién fritas, el humo concentra
la saliva en la boca de los besos.
Único calor que abraza
lento y despacio la vida.
La forma diluida de los zapatos
mojados empapan la alfombra,
emborrachan y duermen los dedos
que ateridos se quejan de frío.
Donde muere el agua
se levanta la risa y se evaporan las
dudas.
Respira el viento y hunde el pecho la
tierra,
donde sopla el aire vuelan los
velos
y nadan los pájaros contra corriente
el aliento se estrecha dulce
en la cintura de los dientes
y recorre el pequeño rosa espacio
que bulle entre las encías
Donde muere el agua
crecen los árboles
y brota el musgo
en los abrazos
de la piel rugosa
que se agarra
y pega a la hierba.
El bosque surge
donde el agua sueña
y a través de la lucha
rayo, trueno, magia de nube
vuelve nueva, frágil, a la tierra.
Donde muere el agua
se enfanga el hombre
se cuartea el sol en la piel
de los lagartos que bostezan
y las tribus aullan sin eco
el arroz, el mijo, el pan se pudre
y los mohos pueblan las palabras
que caminan en ritos de muerte
en cantos, en letanías de dolor
que repta por los vientres secos
por los pellejos vacíos
por los ojos sin cuencas
y las órbitas desorbitadas
de tanto frío amasado
día a día bajo el manto
agobiante y gélido del sol.
|